Sobre Cruella y el mal cautivador

En los cuentos de hadas, explica Junco de Calabrese, los malos siempre son malos. Sus motivaciones están difuminadas, pero no requieren de explicaciones. No interesa el origen de su villanía, ni si fueron buenos algún día. Como obstáculo de la misión del héroe y representación del mal en el mundo, deben ser combatidos hasta lograr su desaparición.

Los clásicos de Disney, inspirados en estas historias, han seguido esta norma a menudo. Tal vez, dulcificando los finales violentos, pero sí dejando claro que la maldad debe ser desterrada y es necesaria la restitución del bien. En un ejercicio de justicia poética. Maléfica es derrotada por el príncipe azul, la madrastra de Cenicienta paga por su crueldad y la Reina Malvada de Blancanieves es castigada por la naturaleza cuando intenta acabar con los siete enanitos.

No obstante, en la última década, la compañía pionera en el mundo de la animación ha decidido actualizar muchos de sus éxitos históricos. El objetivo es conseguir un enorme rendimiento económico ante la falta de creatividad que provoca que los estrenos de nuevas ideas sean cada vez menos originales y rentables. La estrategia ha sido muy acertada. Desde un punto de vista comercial, claro está. Los ingresos en taquilla, al menos antes de la llegada de la pandemia, han situado algunos de estos títulos en los rankings de películas más vistas. La Bella y la Bestia (2017), Aladdín (2019) y El rey león (2019) lograron superar los mil millones de recaudación en las salas de cine. 

Al mismo tiempo, y esta es la cuestión que ahora nos interesa, la posibilidad de reeditar algunos de estos títulos clásicos, conocidos por un amplio espectro de la sociedad, ha permitido llevar a cabo una actualización. A través de estas nuevas versiones, se ha efectuado una relectura de determinados aspectos de las historias originales. Fundamentalmente en lo que se refiere a los personajes femeninos. Desde hace años, son habituales las acusaciones de machismo ante la actitud pasiva de las princesas Disney, que esperan ser rescatadas por un apuesto príncipe. Algo similar ocurre con las villanas. 

Recuerdo hace pocos años que, en una asignatura de guion, debíamos presentar por grupos el argumento de una serie en la que habíamos trabajado durante todo el semestre. Algunos compañeros idearon una trama sobre un colegio de superhéroes cuyos alumnos debían sufrir las impertinencias de la malvada directora. Una de las guionistas invitadas por la profesora, en su turno de intervención para analizar el proyecto, dijo con contundencia: “¡basta ya de personajes femeninos antagonistas! ¡Esto no hace ningún bien a la sociedad!”. Parece que según el modelo de las princesas Disney, la mujer debe ser dulce, pasiva y enamoradiza o, de forma antagónica, malvada, cruel y vengativa. 

Por este motivo, algunas de las versiones modernas de los clásicos se han planteado como precuelas que permiten profundizar en la historia de las antagonistas, tratando de explicar su pasado y así exculparlas del origen de su villanía. Esto sucede sólo cuando se trata de mujeres. A nadie le interesa por qué el Capitán Garfio es malo, pues él no ha sido tratado de forma injusta.

En 2014 se estrenó Maléfica, protagonizada por Angelina Jolie. La película se centraba en la villana del cuento de Perrault, que lanza su hechizo contra la princesa Aurora y provoca que todo el reino caiga en un profundo sueño. Se nos cuenta la historia de una niña que vive en un mundo mágico que, en definitiva, es el causante de su maldad frente a su inocencia original. De algún modo, trata de decirnos, en la línea de lo que propone Rosseau, que es corrompida por una sociedad injusta. De este modo, y contrariamente a lo que dicta la teoría del cuento de hadas, se justifica el origen de su maldad y podemos empatizar con un personaje herido. El problema está en la medida en que el villano, que tal como hemos dicho encarna la representación del mal en el mundo, queda disculpado y se muestra como algo amable. Intuitivamente no resulta algo muy pedagógico si se considera que el destinatario de la película es un niño.

Recientemente se acaba de estrenar Cruella, que comparte con Maléfica el protagonismo de la villana de un clásico de la compañía de Mickey Mouse. Como es lógico y acertado, se ha escrito mucho comparando ambos títulos. Pero a la vez son muy distintos. Sugiero que si todavía no has visto el film, no continues con la lectura, ya que lo que a continuación se dice es una disección del contenido no libre de spoilers.

Cruella es una película de mucho nivel. Tal vez el guion flojea, con dos ritmos muy distintos entre la primera y la segunda hora y alguna subtrama poco trabajada. La música está muy bien escogida, la estética cuidadísima y la interpretación de Emma Stone y Emma Thompson engancha a la pantalla. No obstante, es perversa. Muy perversa. 

Maléfica es buena, pero la sociedad le obliga a ser mala. Pero Cruella es mala. Mala hasta la médula. La maldad corre por sus venas y aunque intenta reprimirla termina apareciendo. La primera hora de la cinta es la historia de Stella, una chica huérfana que cumple con su sueño de ser diseñadora de moda. Una película bonita pero corriente nos contaría cómo a través de su sueño la joven abandona la mala vida de carterista para convertirse en la mejor modista del Londres de los 70. Sin embargo, en nuestra caso no sucede así. A la hora de metraje, aparece Cruella y todo explota. Esa maldad contenida sale a la luz e ilumina la pantalla con un rojo intenso y atrayente destinado a ser “el futuro”. 

Cruella es despiadada y vengativa. Pero con una creatividad sin límites que la hace sumamente atractiva frente al ridículo mundo snob de la Baronesa. Durante mucho tiempo ha vivido engañada, reprimiendo su maldad. Sin embargo, cuando descubre que es hija de su retorcido personaje antagónico, desata su perversidad. No puede frenarlo porque es su naturaleza. Cruella es mala. Resulta perverso porque es profundamente seductor. Es un mal fascinante, cautivador, ingenioso. Abandonas la sala de cine confuso. Es la historia de una villana, pero es una historia que gusta, tiene algo de encantador. 

Desde luego, no es una película para niños. Y en esta línea, resulta preocupante que este afán por el lavado de imagen de los personajes femeninos de Disney traiga consigo una justificación de un mal muy atractivo. Lejos queda ese castigo necesario, llevado a cabo por el héroe o por la propia naturaleza del mundo en favor de lo que es justo. Además, desde un punto de vista narrativo, pienso que es un error la resolución del conflicto que se genera en la subtrama de la amistad con Horacio y Gaspar. Los compinches se van hartando de las impertinencias de Cruella, pero terminan asumiendo su maldad y tolerando  su mal comportamiento cuando ella implora su perdón recurriendo “al comodín de la familia”. Es algo que, a mi juicio, no queda suficientemente justificado y cierra toda posible vía de redención o vuelta al camino del bien, pues incluso los que la amaban cuando era buena terminan aceptando que ya no lo es.

Ver que así suceden las cosas invita a la reflexión. Terminar de ver la cinta con ingenuidad, sin reflexión, lleva a hacer una valoración muy positiva del producto final. Pero al pararse a pensar en el contenido, al menos desde este punto de vista, preocupa. Para los próximos años, Disney prepara dos títulos que pueden confirmar esta tendencia o simplemente reducirla a un par de casos aislados. Primero, un remake en acción real de La Sirenita (1989), dirigido por Rob Marshall, que ya estuvo al frente de musicales para Disney (Into the Woods y El regreso de Mary Poppins). La película original cuenta también con la presencia de una antagonista femenina que habrá que ver cómo se resuelve. Y en segundo lugar, Príncipe Encantador. Poco más sabemos además del título, pero se intuye que nos introducirá de nuevo en el universo de los cuentos de hadas. Ahora bien, definido el contexto, habrá que ver cómo lo realiza… Por otro lado, ante el éxito de las fechorías de la villana de 101 dálmatas, el director prepara una secuela. Tendremos que estar atentos a cómo se dispara el ingenio y la creatividad de Cruella.

Publicado por nacholaguía

Me llamo Nacho Laguía Cassany. Nací en Teruel (1998). Soy Doctor en Comunicación por la Universidad de Navarra. Anteriormente, estudié Comunicación Audiovisual en la Universidad de Navarra (Com20) y posteriormente hice un máster en Gobierno y Cultura de las Organizaciones. Investigo en el ámbito de la narrativa del cine de animación, especialmente en el papel del héroe posmoderno y la crisis del mito. Me gusta escribir y hablar sobre cine.

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