Gracias a una colega de la facultad hace poco supe de la existencia de Samuel (Émilie Tronche) una serie francesa de 2024 que recientemente ha terminado en Netflix. Aparentemente, se ve como la mínima expresión de una obra audiovisual. Capítulos de poco más de cuatro minutos en blanco y negro, bastos trazos de bolígrafo y unos personajes que son casi siluetas. Pero no hace falta más para introducirse en el imaginativo y dramático mundo de Samuel, el joven protagonista que narra su día a día a través de su diario.
En un contexto en el que la animación vuelve a estar en crisis, tratando de definir su espacio, ofrecer apariencias novedosas y proponer una narrativa que enganche a un público cada vez más amplio y diverso, Samuel confirma que basta con tener una buena historia. A veces, la sencillez es la clave del éxito. Y con muy poco se puede hablar de las experiencias más humanas con notable sensibilidad. Te reirás y viajarás a tu infancia rememorando esos primeros amores y desamores infantiles. Esas amistades tan frágiles y al tiempo tan definitorias. Esos conflictos que en la mente de un imberbe chaval de colegio parecen tan absolutos (y lo son), pero que a ojos de los adultos no son más que paparuchas. Todo ello escrito a borbotones en un cuaderno, como ideas inconexas y aisladas que sin embargo van tejiendo la identidad de un niño que crece tratando de entender al mundo y a sí mismo.

Lo indefinido de la estética y la narrativa de Samuel tiene algo de universal, porque da con la esencia de toda infancia: el deseo de saber qué lugar debemos ocupar en un mundo en el que el propio punto de vista se erige como el único. En definitiva, crecer no es otra cosa que darse cuenta y aceptar que somos parte de algo mucho más grande.
Hagan el favor y no dejen de verla antes de que desaparezca.
