Dejar morir a Blancanieves

La semana pasada tuve dos experiencias nuevas. El martes por la noche fui a jugar a Top Golf con un grupo de americanos. Es un juego interesante y muy entretenido que, sin embargo, confirma que mi falta de destreza se expande hacia todo aquello que tiene que ver con lo deportivo. Al día siguiente, miércoles, fui al cine a ver el nuevo remake de Blancanieves. Digo que fue una experiencia nueva no por el hecho de que la sala estuviera vacía, ni porque fuera con otro adulto a ver una película para niños (desde que un padre me mirara con mala cara procuro ir siempre acompañado a ver películas familiares), sucesos que ya había vivido anteriormente. La novedad estaba en que la sala estaba equipada con unos comodísimos asientos reclinables y gozaba de un servicio de camareros. Y todo por el módico precio de $10. Nada mal para los estándares americanos.

Sobre el contenido de la película resulta sencillo no hacerse muchas expectativas cuando se trata de una de las calificaciones más bajas de la historia de IMDb: 1,6. No obstante, esta nota no es más que la manifestación de una campaña en contra de la película, fruto del cabreo de aquellos nostálgicos que consideran que el live action ha arruinado la historia original. A mi juicio, la historia se merece más: tal vez un 3. O un 4.

Ahora bien, como caso de estudio resulta interesante. Desde años atrás Rachel Zegler, la actriz que interpreta a Blancanieves (que, por cierto, toma su nombre aquí del nevado día en el que nació, y no del hecho de su apariencia «blanca como la nieve, roja como la sangre y negra como el ébano», tal como la describen los Grimm) nos había advertido de que esta historia no era como la original: «Blancanieves no será salvada por el príncipe. No va a soñar con un amor verdadero, sino que sueña con ser la líder que sabe que puede llegar a ser». Hay quien dice que gracias a estas declaraciones la criatura nació muerta. No obstante, no me interesa analizar aquí el acierto o error de la campaña de marketing, sino más bien los cambios en el contenido que, a mi modo de ver, son más significativos.

En entradas anteriores ya he hecho referencia a distintos casos de versiones en acción real de clásicos Disney (como Peter Pan y Wendy o Cruella), una lista que se engrosa año a año pero que sin embargo el fracaso de Blancanieves ha puesto en riesgo. Principalmente porque el objetivo de estas películas está en llenar los bolsillos de Disney. Tras el estreno en 2010 de Alicia en el País de las Maravillas, guiada por la reconocible mano de Tim Burton, la compañía del ratón descubrió un filón interesante. Anteriormente, y casi desde su inicio, Disney había sacado rédito a sus historias reestrenándolas periódicamente en salas de cine. No obstante, descubrió que rehaciéndolas y adaptándolas a las innovaciones tecnológicas, si bien le costaría un ojo de la cara, le otorgaría una interesante rentabilidad económica. El culmen de esta estrategia llegó en 2019, cuando la versión live action de El rey león recaudó más de 1.600 millones de dólares (decir que la película es acción real es como decir que los palitos de cangrejo están hechos de cangrejo o que las frankfurt están hechas de carne de cerdo: una mentira). No obstante, no todos los títulos son iguales, ni comportan el mismo grado de fidelidad respecto a la película original. De esta manera, bajo el paraguas de live action, se pueden distinguir dos estrategias diferentes: los remake y los retelling.

Señala Rowe que mientras los primeros se limitan a ofrecer una actualización tecnológica, es decir, una adaptación a las posibilidades visuales que ofrece el desarrollo del CGI (la imagen generada por ordenador, para los profanos en la materia); los segundos incluyen una actualización cultural. En otras palabras, se aprovecha para modificar la historia y adaptar el contenido a las exigencias (o lo que Disney interpreta por exigencias) del público contemporáneo. A esta estrategia me referí cuando señalé que Cruella cambia el foco para justificar la acción vil de la protagonista. También este planteamiento llevó a los creadores de La Sirenita (2023) a decidir cambiar el color de piel de la princesa del mar, o a suprimir toda referencia al instinto maternal de Wendy Moira Angela Darling en Peter Pan y Wendy (2023). En el caso de Blancanieves, para entender bien la diferencia, conviene remontarse al siglo XVIII (seré breve).

Como explica Junco de Calabrese, los cuentos de hadas contienen símbolos de lo sagrado que son fáciles de descifrar. Así, por ejemplo, la princesa, a través de su belleza inmaculada, se constituye como un signo de lo sobrenatural que es herido por la acción vil. En el caso de Blancanieves, la herida es infligida por una manzana envenenada. No hace falta ser un lince para entrever la referencia bíblica… Y para que el bien sea restituido y el universo recobre su esplendor se requiere de una acción restauradora, concretada en la acción heroica, que salva a la princesa y derrota al mal para siempre. Walter Elías Disney, amante de la literatura europea de tradición oral toma esta interpretación y la lleva a la pantalla. Y además refuerza esa imagen con un gesto recurrente en su filmografía: el beso de amor. En el imaginario colectivo de Occidente está la imagen del príncipe acercándose lentamente a la princesa en estado de letargo, y despertándola con un beso, signo restaurador que trae un mensaje para el mundo: solo el amor salva.

Digo que es Disney el que añade este gesto porque los hermanos Grimm, de manera muy distinta, narran que mientras los enanitos portaban el ataúd, al tropezar con una rama, provocan que el trozo de manzana envenenada salga de la boca de la princesa, haciendo que se despierte del hechizo. Y, curiosamente, en ese momento pasaba por ahí un príncipe con el que, por qué no, Blancanieves decide casarse.

Sea como fuere, esta concepción simbólica de la princesa empieza a perder peso con el tiempo, hasta el punto de que en el panorama actual es frecuente encontrarse con una crítica al príncipe por dar un beso no consentido a Blancanieves (tal vez fuera mejor dejarla morir). Así, con el tiempo, la mujer protagonista de las películas de Disney deja de ser un símbolo de la belleza universal que necesita ser restaurada para convertirse en un símbolo social, una ciudadana que devuelve la paz a su pueblo, que perdona al malvado empatizando con él y que actúa como elemento unificador. Así sucede con los personajes de títulos como Moana (2016), Raya y el último dragón (2021) o Encanto (2021). Y la nueva Blancanieves tiene mucho de este cambio. La nueva princesa es una rebelde que inicia una revolución en contra de la malvada reina que se hizo con el poder de manera deshonesta. Y para ello, se sirve de un grupo de marginados nostálgicos de tiempos mejores que viven en el bosque. Y también de los siete enanitos, que a gusto de un servidor ofrecen lo más interesante de la película, especialmente cantando dos de los temas originales de la versión de 1937.

Por eso resulta desconcertante que los creadores hayan incluido un beso de amor, u otras decisiones de guion a las que no voy a referirme aquí para no arruinar la película a las pocas personas que mantengan el ánimo de verla después de haber llegado hasta aquí. Resulta desconcertante el beso de amor porque no hay un príncipe que simbolice el elemento restaurador. En su lugar, es un ladronzuelo de cuyos encantos Blancanieves queda prendida, entiendo yo que en un intento de atraer al público menos woke de la sala.

Las palabras de la actriz Rachel Zegler, es decir, la transformación de la protagonista en una líder emancipada, se hacen presentes en tres de cada cuatro líneas de diálogo, haciendo evidente el cambio de Blancanieves de símbolo de la belleza a un símbolo social. Pero también tratando de tonto al espectador, al que le entran ganas de levantarse y gritar: «ya lo he entendido, gracias». Por eso me pregunto si antes que resucitar a Blancanieves y convertirla en una Juana de Arco contemporánea, ¿no era mejor dejarla morir?

Publicado por nacholaguía

Me llamo Nacho Laguía Cassany. Nací en Teruel (1998). Soy Doctor en Comunicación por la Universidad de Navarra. Anteriormente, estudié Comunicación Audiovisual en la Universidad de Navarra (Com20) y posteriormente hice un máster en Gobierno y Cultura de las Organizaciones. Investigo en el ámbito de la narrativa del cine de animación, especialmente en el papel del héroe posmoderno y la crisis del mito. Me gusta escribir y hablar sobre cine.

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