
El pasado 9 de febrero, como parte de la experiencia inmersiva en la cultura americana, me planté frente al televisor para disfrutar del evento televisivo más esperado del año: la final de la Super Bowl. Más allá del campeonato deportivo, actores, publicistas y empresas sacan sus mejores galas para hacer rentables los treinta segundos más caros del año (el precio de un anuncio durante los descansos del partido puede llegar a los ocho millones de dólares). Allí, entre otras cosas, vimos a Stitch —insólita criatura extraterrestre— colarse en el estadio de los New Orleans Saints en un carrito motorizado. Tal vez en otro post me lance a hablar de la película live action hawaiana que, en opinión de un humilde servidor, funciona mejor que la original (pese a los cambios inconsistentes en la narración). No obstante, aquí quiero centrarme en otro de los comerciales que se estrenó aquella noche para el recuerdo (todo sea dicho, desconozco o he borrado de mi memoria quién ganó el campeonato deportivo).
Supongo que para alegría de muchos (no la mía, si me permite), el evento fue escogido para anunciar al mundo el estreno de la versión en acción real de Cómo entrenar a tu dragón. El título es conocido, pues la saga de animación ha sido uno de los mayores éxitos de DreamWorks, con una recaudación total de más de mil quinientos millones de dólares. Sin embargo, el estreno de esta nueva película supone la entrada de la compañía de animación en el mundo de los remakes. Como ya he criticado en entradas anteriores, con mayor o menor acierto, Disney ha empleado esta estrategia para reescribir algunos de sus clásicos y, sobre todo, para embolsarse una buena cantidad de dinero reeditando títulos anteriores valiéndose de la nostalgia del público. Pero, ¿acaso se puede sentir nostalgia de una película que fue estrenada hace apenas quince años y que ni siquiera muestra síntomas de envejecimiento? Pues se ve que sí, porque la película está funcionando estupendamente en taquilla, con una recaudación que por ahora ha superado los 600 millones de dólares. No negaremos que la estrategia es inteligente: casi no ha terminado el recuerdo de la tercera entrega de la versión animada (estrenada en 2019), que están aprovechando el éxito para rehacer una historia atractiva, en vez de seguir estirando un chicle que no da más de sí.
Ahora bien, lejos de contener la narración algo de actualización cultural (tal como definí el retelling en la entrada anterior) aquí la película resulta ser casi exactamente igual que el título original (digo esto con casi total certeza, ya que dormité durante quince minutos, de los que no recuerdo más que gruñidos de vikingo…). Al volver de la sala de cine tuve que volver a ver la película animada para reafirmar que, efectivamente, incluso las bromas y muchos de los movimientos de cámara son exactamente iguales en ambas producciones. Queda explícito, por si algún romántico tenía dudas, que el único propósito es hacer dinero aprovechándose del bolsillo de los nostálgicos tardoadolescentes.
Dicho esto, la película es buena, porque buena era también la versión de 2010. Hablar de live action en una película de dragones tiene su gracia (dudo que hubiera un casting…), pero funciona bien, con un nivel técnico que asusta. Visualmente es todo un prodigio, y los personajes reales vikingos funcionan bien en sustitución de los creados por animación 3D con las exageraciones visuales propias de los cartoon. La crítica coincide en que la película es buena, y verla conllevará un rato agradable. Ahora bien, resulta innecesaria, y más que un remake casi podríamos hablar de un autoplagio.
Visto el éxito de Cómo entrenar a tu dragón cabe preguntarse si hará DreamWorks más remakes live action. Habrá que ver, no lo tiene fácil. Pienso que ver al protagonista de Kung Fu Panda o a los colegas de Madagascar en acción real no tendrá el mismo efecto… Por ahora el director ha anunciado que ya está preparando la secuela. Por otro lado, hace unos meses la compañía ya mostró las primeras imágenes de la quinta entrega de Shrek, la saga que les dio fama y les convirtió en dignos competidores de Disney y Pixar. El anuncio, no obstante, también ha estado cargado de polémica, pues el aspecto visual de los personajes difiere del original para ser más acorde a las innovaciones técnicas actuales, algo que, si bien tiene lógica, no ha gustado al equipo de nostálgicos tardoadolescentes.
Como alternativa, lejos de las sagas interminables que definen a DreamWorks, la compañía ha demostrado recientemente que cuando se ponen a crear cosas nuevas pueden hacer producciones muy interesantes. Me refiero a la magnífica Wild Robot (2024). La película es muy notable, con una historia inspiradora, una animación muy atractiva y una banda sonora envolvente. Se aleja además del estilo humorístico más irreverente y gamberro que a menudo funciona como sello de identidad de la casa. Ahora bien, lo que da dinero marca la agenda, así que supongo que para disgusto de los románticos del cine como séptimo arte, tendremos que conformarnos con admirar los prodigios técnicos de una nueva saga live action que terminará cuando el joven Hipo decida jubilarse…
