«La era de los juguetes ha terminado». Y no lo digo yo, lo dicen los protagonistas de la quinta entrega de la saga más emblemática de la historia del 3D. Es cierto que la dramática sentencia es pronunciada en un contexto de crisis de los juguetes frente a las nuevas tecnologías, que atrapan la atención de los niños y les obligan a madurar antes de tiempo. Pero mientras la escuchaba, pensaba: «señores de Pixar, aplíquense el cuento y dejen de alargar lo que ya estaba cerrado, y bien cerrado«.
Cuando ayer salí de ver la última entrega de Toy Story (Andrew Stanton), no tenía muy claro que el contenido de la película fuera suficiente como para escribir una entrada para esta web, porque realmente no aporta nada nuevo. Y porque en estas líneas huyo de hacer críticas cinematográficas para plantear reflexiones a raíz de títulos animados. Ya escribí sobre las secuelas y las segundas partes hace un par de años, a raíz del estreno de Inside Out 2. Además, si bien el aspecto visual es muy reseñable, a nivel de la narración, no hay mucho que destacar. Como ha escrito Jaume Figa en su crítica, «a menudo da la sensación de estar viendo uno de aquellos simpáticos cortos derivados de la saga, pero estirado hasta superar la hora y media» (Aceprensa).

El conflicto principal se basa en la lucha de los juguetes por mantener la inocencia de los niños y no quedar relegados al olvido frente a la invasión de las nuevas tecnologías. Tal vez me equivoque (aunque no suelo), pero me parece que la problemática puede resultar más interesante para padres preocupados que para sus hijos pequeños. Y nada te digo de esos «cero nueve» y «cero diez» adolescentes que están hartos de que les den la turra con su obsesión por las pantallas.
Bien es cierto que los personajes principales siguen manteniendo su atractivo, aunque con problemáticas viejas que ya fueron desarrolladas en las producciones anteriores. La lucha del liderazgo entre Woody y Buzz vuelve a situarse en un primer plano, así como los traumas de Jessie por el abandono sufrido. Todo ello, apoyado por una serie de juguetes nuevos y otros viejos que aportan toques de humor divertidos.
Dicho lo cual, y sin ánimo de seguir desgranando la película, diré que, aunque es cierto que, en conjunto, el nuevo estreno de Pixar es superior a la media de cintas de animación que han visto la luz en los últimos años, empiezo a perder la esperanza de ver algo novedoso y creativo. También esta semana ha salido a la luz el tráiler de la próxima película de la saga Shrek, sobre la que hablaré próximamente. La polémica está servida.
Porque quizá el verdadero problema no sea que los niños hayan cambiado sus juguetes por las pantallas, sino que los grandes estudios hayan sustituido la imaginación por fórmulas cada vez más rentables y menos arriesgadas. En una industria que parece que no es consciente de que está cavando su propia tumba, cada vez más obsesionada con explotar franquicias conocidas y revivir éxitos del pasado, resulta paradójico que sean precisamente los juguetes de Toy Story quienes nos recuerden que todo tiene un final. Tal vez haya llegado el momento de escucharles.
